Fran Garcés
Dibujante Nocturno
Algunas personas creen que el Jardín de las Hespérides, donde vivía el dragón Ladón, estaba situado en las Islas Canarias. Allí, aquel dragón custodiaba los árboles de frutos dorados que, entre otras cosas, daban la inmortalidad. Fran Garcés tiene que saber algo de este mito, porque es originario de Tenerife, tiene la apariencia de quien no envejece y la capacidad de dibujar dragones como si los hubiera visto. Reconoce que de niño dibujaba lo mismo que ahora, incluso mantiene el mismo formato: cuadernos llenos de dibujos fruto de una imaginación desbordante, solo que ahora, esos cuadernos también contienen la visión adulta de quien ha visto el Jardín de las delicias.
Cuando hablamos de Fran Garcés, también hablamos de “Dibujante Nocturno”, nombre por el que se conoce a este artista y que a su vez es una declaración de intenciones: nunca para de dibujar, y siente una enorme atracción por la oscuridad. Su trazado onírico y líneas orgánicas suelen contrastar con las obras que este artista crea: monstruos, muerte y naturaleza, se combinan en perfecta armonía para crear algo terroríficamente bello. En su libro Dibujante Nocturno: The Art of Fran Garcés, publicado por la editorial 3dtotal, se recopilan diferentes trabajos realizados a nivel profesional para empresas tan emblemáticas como Wizards of the Coast (Magic the Gathering), como a nivel personal, donde no existen límites ni tiempos.
Crudo Prints le propuso como temática Cenizas a las cenizas, polvo al polvo

Esta obra "Cenizas a las cenizas, polvo al polvo" del autor Dibujante Nocturno realizada en 2025 es una reproducción digital de tamaño 32x40cm. El tema propone una reinterpretación de un pasaje bíblico (Génesis 3:19) que hace referencia a la efimeridad de la vida:
«Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás» Génesis 3:19
En esta obra, Dibujante Nocturno, despliega una de las visiones más inquietantes y ceremoniales del tema Cenizas a las cenizas. Este concepto, usado en ceremonias fúnebres de distintas culturas, es una declaración de que todo se acaba; toda llama se apaga y todo vuelve a la tierra: cenizas a las cenizas, polvo al polvo.
En esta obra encontramos una figura central, suspendida en el aire, como un cuerpo que no pertenece del todo al mundo físico, estirado y descompuesto. Una forma humanoide que se eleva, y parece transformarse, en un ritual que desafía la lógica, casi como una visión o aparición religiosa. La composición tiene una verticalidad muy marcada, que nos acerca al mundo de lo supraterrenal. La cruz que se recorta detrás de la cabeza, o que nace precisamente de ella, supone un recordatorio de que todo ascenso implica una herida, a la vez que nos avisa del contexto cristiano en el que nos situamos, y del que bebe la iconografía de nuestro artista. La luz que atraviesa el pecho, convierte al personaje en una especie de reliquia viviente: una presencia que nos vincula con lo divino.
A ambos lados, rostros erosionados actúan como guardianes de la ceremonia. No observan: vigilan. Su expresión intensifica el carácter ceremonial, como si esta figura central estuviera siendo expuesta o sacrificada. En la parte superior central, encontramos el rostro de otro personaje sobre el que se posa una polilla de grandes dimensiones. Esta polilla, que se vuelve a repetir a los pies de la obra, nos subraya el significado de la transformación, a la vez que sugiere otros significados como el alma que abandona el cuerpo, la fragilidad de la vida y el misterio de la muerte. La escena se enmarca en una especie de ventana enrejada, como quien mira desde una cárcel al exterior: la muerte nos puede liberar. A su vez este enrejado nos organiza toda la imagen en una composición simétrica con varios elementos superpuestos.
El blanco y negro, territorio habitual del artista, es una herramienta que acentúa el dramatismo y lo inquietante del tema, pero sobre todo, la presencia de ese gris que ensucia toda la imagen hace referencia literal al título de la obra por el color de la ceniza, que es el que prevalece. Las líneas ondulantes y trazos nos dejan entrever figuras que recuerdan a dragones o xenomorfos, a la vez que crean la sensación de humo y calor, que hace que la imagen tiemble y se distorsione.

